lunes, 10 de agosto de 2015

No soy independentista...

   No soy independentista, en primer lugar, porque no me gusta que me obliguen a explicar las razones por las que no lo soy, pero como estoy ya cansada de que en cualquier reunión de amigos tenga que esgrimir mis argumentos, ahí van unos cuantos:
   Hace apenas unos años yo vivía en un lugar donde no era necesario justificarse ni defenderse de ataques injustos por no ser nacionalista. Yo respetaba y era respetada por ser una persona que defendía principios como los de la tolerancia y la solidaridad; pues bien, un buen día resulta que amanezco siendo una "españolista" para  unos, otros me tachan de "unionista" y los más fanáticos e ignorantes se atreven a llamarme"facha", lo que me parece doblemente ofensivo porque los que me acusan demuestran serlo al no aceptar mi posicionamiento en una lucha ideológica que ellos mismos han propiciado; y, en segundo lugar, que mi familia haya sido víctima de una sociedad fascista convierte en una mayor afrenta que algunos me insulten de este modo por la simple razón de que considere que prefiero cambiar las cosas en toda España no solamente en Cataluña. Es muy simple de entender: para mí ser de izquierdas significa, fundamentalmente, ser solidario con los que sufren desigualdad e injusticias, por lo tanto, prefiero que mi voto sirva para luchar contra los que atropellan los derechos humanos y que influya en el ámbito más vasto posible. Las revoluciones siempre son más eficaces si afectan a un espectro más amplio de personas...
   No soy independentista porque no me gustaría que mi madre se sintiera extranjera en su hogar. Para los inmigrantes que, víctimas de un franquismo que condenaba a los vencidos a la muerte o a la  pobreza, buscaron una salida en otro lugar donde no fueran señalados y llegaron a tierras catalanas, no es justo que tengan que renunciar a su nacionalidad, por desgracia ya sufrieron demasiadas pérdidas...
   No soy independentista porque los argumentos que utilizan para convencerme de que Cataluña no debe pertenecer al estado español son decimonónicos y, por lo tanto, retrógrados: el victimismo de "España nos roba"y la supremacía que refleja el enunciado "Los catalanes somos diferentes". El primero es una falacia pues a mí no me roban todos los españoles, los que esquilman mis derechos son los gobernantes, españoles y catalanes, que aplican unas leyes anquilosadas y que se aprovechan de sus cargos para diversas prebendas y corruptelas. En cuanto a lo diferentes que somos los catalanes, no implica otra cosa que una idea de superioridad respecto al resto del territorio español; nadie que diga que es diferente lo hace porque se crea peor sino todo lo contrario. Si bien es cierto que la idiosincrasia de los pueblos reúne ciertas características o tópicos que los definen, la verdad es que todos somos diferentes y, seguramente, un barcelonés tiene más cosas en común con un madrileño o con un londinense que con un catalán de Olot, simplemente por su estilo de vida.
   No soy independentista porque no considero que una de mis lenguas tenga que tener una consideración superior a la otra. Los que nos sentimos bilingües no aceptamos la diglosia que ha creado el plan de normalización lingüística desarrollado en estas tres últimas décadas en Cataluña. Tras la Dictadura, el catalán debía ser fomentado para que se convirtiera en una lengua oficial con los mismos atributos que el castellano había ostentado y tenía que dotarse de todos los derechos que los hablantes de esta lengua habían visto pisoteados por los años de opresión. Era liberador y los catalanes nos sentimos embriagados por un deseo de justicia lingüística que nos condujo a olvidar que se puede restituir los derechos de unos sin marginar los de otros; así que, de repente, el castellano se redujo a niveles de lengua extranjera en las escuelas y en gran parte de las administraciones públicas autonómicas. Un día me enteré de que se penalizaba a los comercios que rotulaban en castellano y me percaté de que el espíritu de revancha se asentaba entre los que trabajaban por los derechos del catalán. Se identificaba una lengua con una dictadura sin tener en cuenta que gran parte de los que hablaban en castellano habían sido tan víctimas del franquismo como los que hablaban en catalán -supongo que sabéis cómo acabó García Lorca y tantos otros-. Otra muestra del victimismo catalán que anteriormente destacaba: las víctimas de la Dictadura no hablaban solamente catalán...
   No soy independentista porque mi identidad catalana no depende de unas fronteras en un mapa y, por suerte, gran parte de mi existencia se ha desarrollado en una sociedad democrática donde mis derechos como catalana han sido respetados y desarrollados con total libertad...
   No soy independentista porque los nacionalistas extremistas españoles que en estos últimos años han fomentado un odio irracional hacia todo lo catalán no han conseguido afectarme hasta el punto de odiar todo lo que huela a España...
   No soy independentista porque no he dejado que los nacionalistas catalanes me convenzan de lo que me odian en el resto del estado español por el simple hecho de ser catalana... 
   No soy independentista porque no puedo ver TV3 sin avergonzarme de la manipulación que una televisión pública puede realizar con los medios que pagamos todos los catalanes, Si de verdad fuéramos más sensatos y democráticos no haríamos lo mismo que ha hecho Cospedal en la televisión de Castilla-La Mancha o Aguirre en Telemadrid....
   No soy independentista porque algunos amigos que lo son están empezando a evitar hablar del tema conmigo pues tienen verdaderos problemas para aceptar otros argumentos que no sean los suyos y se sienten incómodos si alguien los critica, de modo que han surgido temas tabús donde no existían y eso nunca es buena señal...
   Podría seguir con un arsenal de razones, no obstante, terminaré diciendo que no quiero un nuevo país que lleve en su germen este espíritu de revancha que no distingue lo español de lo fascista y en el que los que se postulan por la independencia no respeten algo tan elemental como los principios democráticos y los manipulen a su antojo convirtiendo unas elecciones autonómicas en un "pseudoplebiscito" donde no cuenten los votos sino los diputados y despojen de valor el voto de un catalán del área metropolitana mientras favorecen el de un pequeño pueblo de las montañas. 
    La historia ha sido muchas veces injusta con Cataluña pero el hecho de haber sufrido numerosas injusticias no nos da el derecho a infligirlas a los demás. Estamos en el siglo XXI y los seres humanos no deberíamos repetir los mismos errores del pasado si queremos vivir en sociedades más justas y libres.