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domingo, 13 de febrero de 2011

¿ Y dónde está ahora papá Estado?


Sin temor a parecer que busco excusas baratas para defender mi indefendible vicio de fumar, me gustaría reclamar un poco más de sentido común -bien dicen que resulta ser el menos común de los sentidos- a la hora de juzgar los agentes que provocan enfermedades.

Supongo que existen ciertos intereses creados que obligan a los velan por nuestra salud, llamémoslos, actualmente, señores del ministerio de Sanidad, a obviar sustancias y conductas que cada día diezman a la población y que se consideran una especie de daños colaterales que conlleva el progreso.

Son tantos los venenos invisibles que invaden nuestra alimentación y el aire que respiramos que mejor no empezar a remover la mierda - con perdón- por si esa rueda implacable de la tecnología punta se detiene y los poderosos "mercados" se molestan.

Es fácil arremeter contra el tabaco porque se ve y se huele, y considero acertada la preocupación de las autoridades por combatirlo ( aunque a veces los fumadores educados nos sintamos cercanos a una especie de "apartheid"), sin embargo, lo que más me indigna es que los que quieren que seamos más sanos cierren los ojos y miren hacia otro lado cuando lo que toca es combatir humos mucho más dañinos. Tal vez la contaminación les impide, como a mí, ver a los verdaderos malos de la película y prefieren arremeter contra el secundario "malote"...

domingo, 25 de julio de 2010

David contra Goliat


Nada mejor para estresarse en este tórrido verano que ser un nuevo damnificado de las empresas de telefonía. Tras una infructuosa lucha, con la devaluada arma de la razón de mi parte, nuevamente David no puede contra Goliat.

De nuevo la impotencia, las voces de un contestador que te convierten en una autómata pulsando teclas que te conducen a otras, y así sucesivamente hasta que te rindes a la evidencia de que existe una delincuencia, aceptada por las autoridades, que te hace sentir tan insignificante que podrías necesitar ayuda psicológica para restaurar tu dañada autoestima.

Una vez asumida la derrota, decidí renunciar al número telefónico que he tenido estos últimos diez años de mi vida y empezar de cero en otra compañía que me regalaba, eso sí con contrato de permanencia, otra maquinita "supersónica" que, teniendo en cuenta mi analfabetismo tecnológico, me va a llevar un buen tiempo entender y dominar.

No obstante, he decidido intentar ver el lado positivo a la situación, aunque sólo sea porque no quiero volver a hablar con el personal que atiende las reclamaciones, y como escribía en mi anterior entrada: "me renovaré", por lo menos el teléfono...