domingo, 31 de octubre de 2010

El secundario


Si hay algo que se le debe reconocer a Pedro Almódovar en prácticamente toda su filmografía es la dignidad que otorga a los personajes secundarios de sus películas. Incluso alguno de sus detractores lo destacan. Actrices como Chus Lampreave, María Barranco o Loles León han interpretado papeles que a menudo brillaban más que los principales. Incluso, en más de una ocasión, salvaban escenas que hubiesen desmerecido si no fuera por esos diálogos dichos con tanta gracia y solvencia.

Para los que no siempre hemos podido ser los protagonistas, ni siquiera de nuestra propia historia, es gratificante que aun siendo secundarios podamos brillar de vez en cuando, a pesar de que otros quieran apagar nuestra luz.

Querer ser siempre los protagonistas de la película resulta agotador para los que carecemos del suficiente egocentrismo o narcisimo que se necesita para ello, por esta razón nos contentamos con tener nuestra pequeña escena donde nos luzcamos lo justo para ser recordados como buenos actores. De hecho, las personas que conozco que desean robar plano continuamente acaban siendo unos pobres desgraciados que, con tal de erigirse como centro absoluto de atención, son capaces de todo, incluso de convertirse en patéticos y ridículos seres de vodeviles grotescos.

He crecido cerca de alguno de estos infelices protagonistas que sufrían siempre que no conseguían la atención solicitada, por ese motivo me quedé en secundaria que, aunque no es un papel tan lucido como el principal, me ha parecido la mayoría de las veces más digno y honesto.

sábado, 23 de octubre de 2010

Sobre cómo me convertí en un paria...




He esperado un tiempo antes de escribir sobre este tema. Quería encontrar una perspectiva algo menos personal -no creo haberlo conseguido, es lo que tiene ser un desgraciado adicto-.


Para empezar, me estoy encendiendo el último pitillo del día (por si acaso mañana no puedo). No sé en qué momento pasé de ser una fumadora simpática a una enferma estigmatizada y perseguida. Jamás pensé que mi ejemplo pudiera corromper tanto a mis congéneres -¡ojalá pudiera también influir a mis semejantes con otras adicciones que tengo, como mi empeño en defender la tolerancia y el respeto!-. Nunca me pareció justo molestar al prójimo con mis humos y, por este motivo, acepté con deportividad la ley antitabaco del 2006; sin embargo, asomándome a este mundo con tantas heridas de muerte y lacras sin resolver, he comenzado a indignarme por el recrudecimento de esta ley que me convertirá en un ciudadano indeseable.


Yo no quiero dañar a los demás. Asumo que no es bueno fumar e intento que este vicio no se apodere por completo de mí; no obstante, creo que siendo factible que los fumadores podamos tener algunos espacios acondicionados o, en su defecto, el aire libre -aunque ya no es tan libre para nosotros-, no me parece justo el castigo al que papá-Estado nos somete.


Pensándolo bien, no es tan extraño lo que está sucediendo: a lo largo de la Historia siempre se ha perseguido a minorías que, en ciertas épocas, se convirtieron en masacres: a los cátaros en la Edad Media, a los judíos en la Alemania nazi, a los sospechosos de brujería por la Inquisición, a lo científicos que dudaban de las verdades establecidas,...


En fin, tal vez nuestra cruzada no es tan digna pero, desde este blog reivindico mi derecho a no ser considerada una incívica por el simple hecho de fumar o una indeseable que no respeta a los demás (hasta me llevo mi cenicero-cucurucho a la playa para no ensuciar).


Ya sé que fumar mata aunque, pensándolo bien, la propia vida mata y hay muchos agentes nocivos que nos arrastran sin piedad al insondable abismo al que todos llegaremos, fumando o respirando los humos que expelen millones de automóviles por sus tubos de escape -por cierto, aunque yo no tengo coche no se me ha ocurrido prohibir a otros que los usen aunque existan transportes públicos-...

martes, 12 de octubre de 2010

Mi viejo equipo de música


Decir adiós siempre es difícil. El sentimiento del apego es algo muy común y tan corriente como el del rechazo, aunque al primero casi siempre lo identificamos con algo positivo. Sin embargo, a menudo este sentimiento nos paraliza y nos ancla en el pasado impidiéndonos avanzar. Todos necesitamos sentirnos parte de algo y rodearnos de lo nuestro, creemos que sin raíces no podemos crecer, pero no somos árboles y el movimiento de la vida nos lleva por nuevas tierras donde nuestro equipaje vital puede llegar a convertirse en un lastre difícil de cargar. Y es entonces cuando hay que desprenderse.

Desde pequeña me costó separarme de lo mío, podía tratarse de un amigo que se cambiaba de colegio, de una mascota que se había muerto o de un juguete viejo. Me encariño muy rápido con todo, incluso con los objetos: aún me pongo triste recordando el día en que nos cambiamos de coche y me sentía una traidora porque el "Seat Ibiza" viejo nos conducía al concesionario donde esperaba su flamante sustituto. Otra vez, con doce años lloré desconsoladamente cuando se me voló un abanico por la ventanilla de un coche -aún más viejo que el Ibiza- y cuando mi madre me preguntaba por qué lloraba sólo supe responder que era porque le estaba agradecida por lo que me había ayudado a soportar el calor del viaje...

En fin, ya sé que parece enfermizo pero, en la actualidad y después de combatir esta especie de síndrome de Diógenes, puedo manifestar que de vez en cuando -muy de vez en cuando- me da por hacer limpieza de cosas que se han convertido en trastos inútiles y, hoy, le ha tocado a mi vieja cadena de música. La compré a principios de los noventa con mucho esfuerzo, ahorrando con mis primeros y escasos sueldos,peseta a peseta, hasta las 50.000 que costaba. Mañana me acercaré a un punto de reciclaje y le diré adiós: adiós a aquella ilusión que tuve cuando conseguí oír mi música en mi habitación sin las críticas de la familia, cuando podía grabar canciones de la radio y crear cassetes de música variada para las fiestas, cuando...¡Bueno, ya basta! ¡Que comenzaré otra vez a ponerme nostágica y, a lo mejor, me arrepiento! No, mañana le diré adiós agradeciéndole todos esos buenos momentos y la dejaré marchar para que descanse en paz : R.I.P.

domingo, 3 de octubre de 2010

La terraza del tío de Andrés



No hay nada mejor que reunirse con los amigos una noche de viernes en torno a un exquisito arroz caldoso y desternillarse de risa con cualquier ocurrencia que se nos pase por la cabeza. Ayer, la urogalla Leles y su "consorte" Francis acogieron a una desestresada Mary, a una urraca zamorana y a esta bloggera perezosa para deleitarnos con su buena mesa y su buena compañía. Hace bastante tiempo que no escribo porque he estado muy ocupada con otros menesteres, algunos mejores que otros pero que, al fin y al cabo, me alejaban de esta faceta que tanto me ha aportado en tiempos difíciles. Y no es que mis momentos asmáticos hayan desaparecido sino que, eso sí, parecen más controlables, lo que me permite desarrollar una vida social más saneada.


Realmente, ya hace años que me siento más protagonista de una película de arte y ensayo que de una de acción. Cada vez me veo más instalada en la terraza de Iturrioz, el tío de Andrés Hurtado, el joven médico de la novela de Baroja El árbol de la ciencia. Tenía apenas diecisiete años cuando en el instituto nos hicieron leer esta gran obra y, como sólo ocurre con los clásicos, una chica de finales del XX se sintió tan identificada con los ideales frustrados del protagonista que jamás olvidará el regusto amargo que le dejó su triste desenlace.


Sin embargo, el paso de los años y las experiencias vividas me van acercando cada vez más al personaje secundario que simbolizaba al que se aísla de un mundo sin salvación y, mientras toma la merienda, se dedica a observarlo todo desde la altura de su terraza desde donde analiza la rutina de los que pasean sus miserias por las calles de la vida.