jueves, 29 de diciembre de 2011

La utopía pragmática

Nunca ha sido más útil la utopía. 
 Aunque este concepto parezca parádojico, solamente hay que mirar atrás y buscar en el origen de todo lo que significa progreso a lo largo de la historia de la humanidad. En las raíces del árbol de la vida y de la ciencia siempre se sembraron las semillas de la utopía.
 Sin ir más lejos, esta ventana tecnológica a        través de la que me asomo a vosotros era algo utópico hace apenas unos pocos años.
La definición del diccionario me da la razón: una utopía es algo irrealizable en el momento presente. Yo añadiría que es la concreción futura de una esperanza, de los sueños de muchos que otros, menos pero poderosos, pretenden ridiculizar porque atenta contra intereses ya creados.
El miedo es el gran enemigo de las utopías; sin embargo, y pese a que el ser humano siente una gran desconfianza ante cualquier cambio, los pocos valientes, que desoyendo las burlas de los mal llamados sensatos y los ataques de los que no quieren quedarse sin sus privilegios, son los que han escrito las páginas más relevantes de la historia de la humanidad.
Por si fueran pocos los argumentos sobre las funciones prácticas de la utopía, llega un nuevo año que nace con pronósticos tan negativos que ni siquiera una mente racional, como la mía, puede permitirse el lujo de ignorar la imperiosa necesidad de creer en que las cosas pueden mejorar.
No obstante, la utopía , como idea abstracta que es, requiere que las personas la concreten, que salgan del adormecimiento en el que nos ancla la pereza, el temor y, sobre todo, ese escepticismo acomodaticio que destruye cualquier intento de cambiar lo que no está bien, lo que no es justo.
Quiero creer que se ha sembrado la semilla de un árbol que cada vez tendrá más ramas cuyas hojas darán sombra y cobijo a más personas, ahora sólo queda que lo cuidemos y lo abonemos para que resista las sacudidas brutales de ese huracán dañino que lanza el sistema neoliberal de los mercados financieros. No dejemos que unos pocos se rían en sus sillones mientras destruyen la utopía de los que caminamos por la cuerda de un funambulista.
Consigna para un Año Nuevo: RESISTENCIA

domingo, 4 de diciembre de 2011

José Luis y Maruja: la fuerza de la honestidad

En las sociedades antiguas los años de vida eran valorados como una fuente de sabiduría que revertían en el grupo. Los jóvenes pedían  consejos a los pocos supervivientes que peinaban canas sorteando todos los avatares que les deparó la vida. Durante el siglo XX, en nuestro primer mundo, los ancianos perdieron la consideración de antaño conforme la esperanza de vida crecía. Cada vez había más gente mayor que nos recordaba que la insultante belleza de la juventud se escapaba de nuestras manos sin posibilidad de retenerla. Y, así, mientras los anuncios de televisión repetían clichés de la felicidad sin arrugas, asociando "la chispa de la vida" a pieles tersas que sonreían con la inconsciencia del que todavía no ha visto la cara cruel del mundo, nuestros mayores iban siendo apartados como trastos inútiles.
Tal vez sea porque no pude disfrutar de mis abuelos, por ser hija tardía, lo cierto es que conforme mis ojos fueron perdiendo el velo de la inocencia comenzaron a ver a esas personas, de andares torpes y pelo cano, con la ternura que se merecían. Eran los supervivientes de mil y un percances que jalonaban sus existencias y dejaban huellas indelebles en sus cuerpos y sus mentes. Unos más que otros, en mayor o menor medida, habían superado esas tragedias cotidianas u homéricas que el ser humano enfrenta durante su existencia.
Sin embargo, de vez en cuando, aparecen en los medios de comunicación, personas que con sus ejemplares actos y palabras nos demuestran que la fuerza de la honestidad crece proporcionalmente a las patas de gallo. A José Luis Sampedro lo descubrí leyendo sus obras, en las que siempre destaca un concepto de la dignidad humana que nos reconcilia con un mundo generalmente indiferente a esta gran virtud; a Maruja Ruiz la conocía menos, aunque vive en el barrio en que me crié y ha dedicado su vida a ayudar a los más necesitados que la rodeaban. Ninguno de los dos miran a otro lado cuando se encuentran con la desgracia ajena. Siempre han luchado por los derechos humanos más básicos, el uno con su profesión y su arte literario; la otra con su voluntad de lucha, que no cabe en su pequeño cuerpo, y su acento "granaíno" que hubiera hecho sonreír a su paisano García Lorca. Ambos son héroes en un mundo que desprecia las heroicidades y se ríe de los buenos; ambos son dos ejemplos memorables de honradez, de coherencia y de humildad, unos valores que, por lo visto, no están de moda, pero que, si renunciamos a ellos, viviremos en una sociedad vacía de valores y de ilusión.
Así que, si el tabaco y la desaparición de las pensiones no me impiden envejecer, espero seguir el ejemplo de estos dos ancianos que demuestran tener un espíritu más joven e indomable que muchos de los que confunden la rebeldía con una simple estética alternativa o con una actitud displicente y pasota ante las injusticias cotidianas.


viernes, 25 de noviembre de 2011

La generación "ESTAFADA"

Hemos sido estafados. Nos decían que estudíáramos y que si trabajábamos duro lograríamos tener una vida digna, en libertad y con nuestros derechos básicos cubiertos: una sanidad y una educación accesible para todo aquel que las necesitara, un techo que nos resguardara y, cuando se nos quedara pequeño, también podríamos viajar para conocer otros lugares y otras culturas. En fin,
hasta en los cuentos a los que eran buenos se les premiaba.
A cambio debíamos confiar en el capitalismo. Él nos garantizaba que nuestros sueños se pudieran cumplir. Durante años y años se nos decía que el progreso sería factible siempre y cuando no nos dejáramos caer en la desidia ni en el desencanto. La sociedad del bienestar era factible gracias a la aportación anual de cada uno de los ciudadanos a las arcas del estado. Este estado se estructuraba en tres poderes autónomos: el ejecutivo, el legislativo y el judicial, y nos garantizaba que los derechos de todos, los más ricos y los más pobres, fueran respetados y custodiados por los representantes escogidos en unas urnas cada cuatro años.
A mi generación la llamaron "X", después llegó la "Y" y, en la actualidad, se habla de los "ni ni"que , si en su origen, significaba que ni querían estudiar ni trabajar ahora se está transformando en una juventud que ni puede trabajar ni encuentra trabajo, aunque quieran. Hoy todos formamos la generación "ESTAFADA".
Y ¿quiénes son los responsables de semejante engaño? Unos hablan de los demoníacos e invisibles mercados, otros de los políticos gestores que han derrochado o malversado los ingresos de la hacienda pública, algunos iluminados nos dirán que un planeta de la galaxia vecina nos está intentando aniquilar para apoderarse de nuestro mundo...
Lo cierto es que con la que está cayendo, una lluvia de piedras que destruye los ideales de muchas personas que soñábamos con un mundo mejor y más justo, los responsables de la actual crisis mundial se están yendo de rositas porque gran parte de los ciudadanos prefieren aferrarse a un sistema, cada vez más caduco e inoperante, que no tiene otra solución que el parche que supone eliminar los mínimos derechos que la gente más pobre había conseguido tras siglos y siglos de injusticias y de luchas por una mayor igualdad entre los seres humanos.
Lo más deprimente es enterarte de que personas queridas y cercanas, a las que siempre habías creído solidarias y valientes, se dejan manipular por las políticas del miedo y del conservadurismo trasnochado. Las clases privilegiadas siempre aprovechan la mínima ocasión para desengañar a los que quieren un cambio social transmitiendo un mensaje de hipócrita prudencia que frene los posibles cambios que pudieran abrir grietas en los bien asentados cimientos de su mundo acomodado. Nos dicen que no es posible, que las arcas del estado están vacías para ayudar a tantos vagos y maleantes, y, mientras tanto, permiten que el fraude fiscal de los más ricos crezca con toda la impunidad que se puede comprar con dinero. Lo que me pregunto es cómo gente inteligente puede dejarse estafar todavía a estas alturas del partido.

lunes, 21 de noviembre de 2011

¡Adiós, CC!

Mientras el país se agita entre mil y una sensaciones tan contradictorias, en mi pequeño mundo ha habido una despedida tan insignificante para el resto del universo que parece irrisorio que alguien se moleste en teclear unas palabras para recordar este día. Se ha muerto uno de los seres que ha acompañado mis soledades en estos últimos años. Se llamaba CC (Cecito para los amigos) y era un conejo de piel suave y no muy avispado que me regalaron unos alumnos hace ya unos cuantos años. Me he pasado toda la tarde recogiendo sus comederos, su jaula, y llorando como una Magdalena, mientras me enfrentaba a la idea de la ausencia absoluta.
No quisiera comparar la muerte de una persona con la de un simple animal, pero en lo básico la sensación de vacío es parecida: el ya no ser de algo que hoy no se ha comido su pienso , con esa avidez que le caracterizaba, ni ha saltado al sofá en busca de mis caricias, ni ha roído el periódico del revistero.
Me consuela la idea de que en su corta vida ha tenido los cuidados de una solitaria que odia las prisiones y que siempre que podía le abría la puerta de su jaula para que saltara y jugara por el piso y por un balcón lleno de plantas que él "podaba" al menor despiste.
Ha dejado de respirar en mis brazos mientras lo llevaba al veterinario y eso es algo que podemos envidiar los que no sabemos si alguien nos abrazará cuando nos muramos. Tal vez sea lo único que una persona debería desear de veras: terminar sus días mecido por el amor de los que se quedan en este mundo.

martes, 1 de noviembre de 2011

Los yayos flauta de Hamelín

Una de las cosas que más lamento es el no haber disfrutado de mis abuelos. Al ser hija tardía, cuando nací ya habían muerto casi todos, tan solo quedaba mi abuelo paterno, un señor que veía los domingos y que me invitaba a galletas mojadas en moscatel. De él sólo aprendí a jugar a solitarios con cartas y poco más, y sus muestras de cariño fueron tan escasas para sus nietos como para sus hijos. Sin embargo, parece ser que los padres de mi madre eran unas personas con un gran potencial para amar que, por desgracia, yo no he podido recibir.
Con toda la prudencia que se debe tener antes de generalizar, la generación de nuestros abuelos se enfrentó a un convulso siglo XX, a sus guerras, a sus miserias, a sus avances, etc. Ante ellos se abría un mundo cada vez más rico pero también más complejo donde las pulsiones humanas más básicas: el hambre, el amor, el odio, el miedo, la vergüenza..., se mezclaban con logros tecnológicos y científicos que prometían convertir el paso por este mundo en un hermoso y estimulante paseo lleno de bondades que jalonaban un presente, a menudo desconcertante, con halos de esperanza que anunciaban un futuro mejor para ellos y sus descendientes.
Si bien esta crisis azota los pilares de la economía mundial, encuentro más terrible todavía la crisis ética, moral y espiritual que sacude las conciencias de innumerables personas que lucharon y se esforzaron   para que sus hijos y nietos vivieran en mejores condiciones que ellos.
Es por este motivo que no me sorprende que estos ancianos salgan a la calle a denunciar la destrucción de todo lo positivo que, con muchos sacrificios habían logrado antes de que les estafaran el dinero y, sobretodo, los sueños de un mundo mejor y mas justo.
Son personas cuyo legado llega a nuestras manos ahora, en vida; son sus protestas las más altruistas, porque piden justicia para sus nietos, aunque ellos no lo puedan ver; en resumen, son hombres y mujeres que saben lo que es luchar por sus derechos y, aún, no quieren rendirse; son grandes seres humanos como Sampedro y Hessel que han compartido sus experiencias y sus palabras con los Indignados que han llenado plazas y calles desde el 15M.
¡Ojalá que estos yayoflautistas consigan llevar al río a todas las ratas que invaden la tierra prometida!

viernes, 14 de octubre de 2011

No hay peor ceguera que la del que no quiere ver

Ayer cené a oscuras. Experimenté lo que un ciego vive a todas horas, desde que abre sus ojos a la nada hasta que los cierra para soñar -¿cómo serán los sueños de un ciego?-.
Ahí estábamos, un grupo de videntes siendo guiados por una muchacha ciega que nos hacía sonreír con sus comentarios y nos tranquilizaba para que la oscuridad no nos estrangulara con sus sinuosos dedos.
De repente, los sonidos eran más altos, los olores más intensos, los alimentos tenían sabores más rotundos y, cuando necesitábamos saber dónde estaban nuestros amigos, alargábamos nuestras manos para tocarlos.
Una vez terminó la cena, la luz hería nuestras retinas pero nos devolvía una libertad que aparcamos para depender de otras personas que no tenían otra opción que la de intentar ser libres a oscuras.

En estas cuestiones filosóficas andaba meditando mientras regresaba a casa; miraba mi calle como si fuera la primera vez que la veía y, al pasar al lado de uno de sus portales, vi a dos vagabundos durmiendo, ya con el pudor olvidado, sobre el frío suelo. En ese preciso instante, y mientras mis ojos miraban hacia otro lado, me di cuenta de que ésta es la verdadera ceguera, la de los que no queremos ver. Hay tantas cosas que nos tapan la visión que apenas somos capaces de ver que, en este mundo, la fealdad gana a la belleza y que la injusticia provoca cataratas que nos evaden de la realidad.
Algunos intentan abrirnos los ojos de la conciencia, nos avisan de que no se puede bajar la guardia ante los atropellos a los derechos humanos y nos animan a que vislumbremos un atisbo de esperanza en el horizonte.

Sin embargo, la esperanza no es gratuita y algunos ya no aprecian su verdor porque su vista ya no distingue los colores.
Mañana saldré a la calle para sumarme a los que no se rinden fácilmente, aunque la guerra es tan desigual que es difícil ver la luz al final del túnel. Pero no pienso desanimarme, ayer unas personas me dieron una valiosa lección sobre lo que significa no desfallecer en la lucha por la supervivencia.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Roger

La repartidora de periódicos gratuitos estaba donde siempre y, como siempre, le di las gracias y seguí caminando hacia el ferrocarril que me conducía, como siempre, a mi trabajo. Abrí el diario por el final, como siempre, y leí noticias sobre la vida de los otros, como siempre. Cuando pasé la vista sobre los titulares de los breves en la sección de informacion local, la vi y, esta vez, ya no era como siempre...
 Ese motorista de 33 años no era un desconocido más que perdía su vida en un accidente, era alguien que tenía un nombre, Roger.
Tenía seis años cuando lo conocí, me llegaba por la cintura y tenía que apagar la tele para despegarlo de los dibujos animados y que se pusiera el pijama. Era un niño tozudo pero muy noble, y su risa contagiosa solía desarmarme cuando menos me lo esperaba. Y, mientras iba haciéndose mayor, tuve el privilegio de compartir con él , con sus padres y su hermana pequeña, Judit, esos momentos de la vida que nos hacen sonreír de emoción: su comunión, sus primeras vacaciones de adolescente en la playa, la boda con su gran amor y su gran debut como padre de dos niñas preciosas. Lo que jamás sospeché que viviría junto a él y los suyos es su despedida, tan temprana e injusta.
Roger era un trabajador responsable;  Pili, su madre, ya lo comentaba, a menudo lo observábamos serio y preocupado y temíamos que tanta carga le superara y le hiciera infeliz, pero consiguió trabajar en sectores que le apasionaban -todavía lo estoy viendo mientras enseñaba a patinar a unos noveles patosos e inseguros. Se había convertido en un hombre guapo, deportista y de costumbres tan sanas que alguna vez, cambiando las tornas, me había reñido por mi eterno vicio de fumar. Por éstos y otros muchos motivos estoy enfadada con ...¡realmente no sé con qué ni con quién demonios estoy enfadada!
Lo que sí que sé es que todos los que lo queremos a él y a su fabulosa familia no podremos olvidar a ese motorista del que hablaba un periódico la mañana de un martes de setiembre y, como escribió Jaume, su padre, espero que descanse acunado por todos los que lo quieren -" descansa bressolat per tots els que t' estimem".

sábado, 17 de septiembre de 2011

Estimat


En este convulso, triste y peligroso mundo todos buscamos algún refugio físico o espiritual. Personalmente -y debido a mi natural escepticismo- no soy seguidora de los credos habituales, y tampoco tengo ningún lugar o abrazo que pueda protegerme de los malos vientos de la vida. Tal vez sea por esta razón que mi mente ha creado extraños puertos donde anclar mis miedos y mis desdichas.
Esta noche, un viejo amigo ha regresado para que pudiera acariciarlo. En esa onírica realidad le preguntaba cómo había encontrado el camino de regreso a casa, a mi lado, y él movia su cola y lamía mis lágrimas como hacía durante los lejanos años de mi adolescencia.
Quizá pueda parecer absurdo e incluso enfermizo, pero mientras unos veneran a santos, yo tengo mi propio ángel de la guarda de cuatro patas que vigila mis sueños desde una estantería al lado de mi cama. No tiene alas ni aura pero cuando necesito un buen recuerdo que me haga sonreír miro su foto y me duermo más tranquila.

domingo, 21 de agosto de 2011

El lago di Garda




En un mundo tan inmenso es fácil encontrar espacios de gran belleza y, a menudo, nos sorprenden donde ni siquiera sospechábamos que existieran. Hablando de Italia no es de extrañar que uno visualice ingentes cantidades de imágenes hermosísimas, sin embargo, personalmente seguía la senda de sus típicas postales con canales venecianos, campaniles toscanos o ruinas romanas imponentes. Hace años que experimenté esa dulce sensación de perderme por las calles de Florencia o la, no menos agradable, aventura de asomarme al majestuoso Coliseum romano. También me dejé enamorar por la preciosa isla de Sicilia custodiada por el temible Etna.




En fin, cuando ya pensaba que había visto los más hermosos rincones de este país del que me gusta hasta su forma de bota ( quien me conoce ya sabe de mi debilidad por el calzado), de repente, y de forma casual descubro unos paisajes dignos de engrosar mi galería de momentos bellos: el lago de Garda y sus interesantes alrededores.




Ha resultado un viaje ideal para una persona como yo a la que le gusta respirar historia mientras pasea y, para rematar, las piedras del pasado se mezclan con el encanto mágico de unas montañas que abrazan unas aguas azules a las que se asoman imponentes fortalezas.




En un viaje a un lugar de ensueño como éste tan solo se puede echar de menos una cosa: más tiempo para respirar el aroma de sus limoneros y para perderse en su atmósfera de cuento.

lunes, 8 de agosto de 2011

La nueva religión de "los mercados"





Cuando el ateísmo se extiende en la sociedad capitalista, un nuevo dios consigue imponer sus rígidos e injustos mandamientos transtornando las conciencias de los incautos mortales. Es un dios invisible, caprichoso y poderoso; se le conoce con un nombre tan prosaico que jamás creímos que infundiera tanto terror: "los mercados". Nadie conoce su procedencia exacta, pero todos temen sus dogmas. Los políticos más brillantes se convierten en marionetas que bailan a su son, mientras que los ciudadanos de a pie intentan no ahogarse en este proceloso oceáno donde no hallan ni un madero donde asirse para seguir flotando.


Y no tenemos ni una sola imagen que venerar u odiar que para hacernos sentir algo más seguros; la iconografía no ha dado con nada lo suficientemente representativo y, por eso, infunde tanto terror; los seres humanos necesitamos ponerle nombre y cara a lo que tememos para poder enfrentarnos a ello.


Mientras tanto, nuestras insignificantes vidas son manejadas sin piedad ni justicia por "los mercados", que así, y escritos en minúscula, pretenden quitarse importancia, con su morfema flexivo de pluralidad incluido, y de esta manera tan sibilina van adquiriendo tanto poder que tienen en jaque a todo el planeta.


Personalmente, y como mi escepticismo natural me predispone a no creer en seres intangibles, he decidido declararme atea frente a esta nueva religión. Aunque temo que, como me ocurre con el catolicismo, y a pesar de no creer en los Reyes Magos, me dejo la visa tísica comprando regalos para celebrar la Navidad -pero, al menos, los antiguos gurús religiosos se molestaron en inventarse imágenes y poner nombres a los seres que idolatraban.









martes, 26 de julio de 2011

Tecnofobia versus tecnofilia



Durante varios meses la opción de dejar comentarios en este blog ha sido inviable. Mi reconocida -y asumida con absoluta humildad- falta de pericia en estas lides informáticas ha impedido que mis escasos (!pero selectos, ejem!) seguidores pudieran escribir sus opiniones sobre mis escritos. Y es que de donde no hay no se puede obtener nada bueno...



Todavía me acuerdo de mis primeros conatos de aproximación a un ordenador: sentía tanto miedo como rechazo a estas máquinas caprichosas y sin emociones. Sin embargo, hubo momentos en que las personifiqué hasta el punto de creer que podían vengarse de mi falta de amor por ellas. Llegué a pensar que mis malas vibraciones favorecían que, de buenas a primeras, me desapareciera el cursor de la pantalla o de que la tecla de los acentos no funcionara.



Y eso sin mencionar la de veces que estos malditos trastos se burlaban de mis prisas cuando tenía que abrir la carpeta de exámenes para imprimir uno para la clase siguiente. En pocos segundos, mi paz o mi alegría se convertían en una ira visceral y mi lado oscuro brotaba mientras lanzaba mil improperios aunque estuviera en la sala de profesores o delante de desconocidos. En seguida, venía algún adalid que intentaba calmar mis nervios y sacarme del lío técnológico en el que me había enredado.



En mi interior creció, y se asentó, la absoluta convicción de que tanto la informática como mi santa madre eran los dos entes capaces de cambiar mi estado de ánimo, en milésimas de segundo, de la serenidad a la histeria.



Aun así, una personilla de carne y hueso no puede ir contracorriente durante mucho tiempo y, sea por obligación o por resignación cristiana, entré en el siglo XXI y un buen día apareció en mi casa un ordenador. Mis amigos, más despiertos y abiertos a lo nuevo, me ayudaron a superar en parte esta fobia tecnológica que padecía, hasta el punto de que Xesco, mi hombre-blog, me diseñó esta ventana al ciberespacio para que matara mis horas de obligada convalecencia. Debo reconocer que, desde entonces, algo de mi habitual repulsión a estos demoníacos artefactos se convirtió en simpatía. Sin embargo, aún me veo más fuera que dentro de estas nuevas realidades y siempre voy a la zaga, diez pasos atrás por lo menos, del ritmo que sigue mi entorno inmediato.



Supongo que, al menos, ya no siento el rechazo retrógrado, hijo del miedo a lo desconocido, que me hacía echar pestes de toda nueva tecnología que apareciera a mi alrededor. Pero, a menudo, me descubro ironizando y estudiando a los que se entusiasman con las últimas novedades que se lanzan al mercado para que los consumidores sientan necesidades que jamás habían experimentado hasta entonces.

En fin, lo que está claro es que, si no fuera por el progreso tecnológico, estas opiniones se quedarían en un recipiente muy carnal y espiritual, sí, pero absolutamente opaco.

sábado, 16 de julio de 2011

Los olvidados





Jorge Manrique, en el siglo XV, dedicó su obra maestra a la memoria de su padre con la intención de rendirle homenaje y de lograr que su fama no fuera enterrada junto a su cuerpo. Parece ser que, desde la antigüedad, el ser humano siente un interés especial en que su recuerdo no se desvanezca como el humo. A veces eran los vivos los que consideraban que determinadas hazañas debían ser recordadas aunque sus protagonistas no disfrutaran del reconocimiento a sus logros. De todos modos, la ingratitud del olvido ha sido, a menudo, lo que muchos han recibido por sus méritos y, aunque pasen los años conviviendo con esa agria sensación, cuando se les reconoce sienten que sus sufrimientos no han sido en vano.





Reconozco que siempre me ha interesado más la intrahistoria, la pequeña anécdota de los anónimos, que la que se estudia en los manuales de Historia, y, por este motivo, un documental sobre los soldados republicanos españoles que ayudaron a liberar Francia de los nazis ha conseguido emocionarme. Ver y oír a Manuel y a Luis rememorando cómo lucharon por sus ideales, sin esperar otra cosa que conseguir la libertad de las gentes de su tiempo, me llega más adentro que oír discursos grandilocuentes de generales y reyes que apenas se ensuciaron las manos para ganar una batalla.



Me pregunto cuántos olvidados nunca han sido,ni serán, reconocidos ni por sus contemporáneos ni por generaciones venideras. Para todos ellos ahí va mi humilde admiración.

lunes, 20 de junio de 2011

19-J ¡Felicidades!






Nací un 19 de junio de hace unos cuantos años, así que hoy he celebrado mi cumpleaños -bueno, de hecho empecé ayer por la noche con las celebraciones, y lo que me queda...-; sin embargo, el de este 2011 ha resultado ser un cumpleaños especial. Los que me quieren me lo han demostrado y han brindado por mi futura felicidad deseándome que las cosas mejoren y, como tengo la buena costumbre de ser agradecida, aprovecho este blog para darles las gracias a todos.



No obstante, si algo he aprendido en los años que llevo deambulando por este mundo, es que los brindis no son suficientes para conjurar las amenazas que sobrevuelan nuestras cabezas, por lo tanto, y desoyendo los consejos de una madre sempiternamente preocupada por mi integridad fisica y aun sintiéndome algo indispuesta-, he decidido sumarme a las manifestaciones que han recorrido las calles de las ciudades con la intención de denunciar las injusticias que se están produciendo a lo largo del planeta.


Tal vez no se consiga gran cosa, o, quién sabe, quizá se trate de un día histórico que marque una inflexión en la forma de tratar a los poderosos; en todo caso me ha emocionado ver que las "anónimas" víctimas de los excesos de estos últimos han dejado sus hogares, se han sacudido su pereza dominical habitual y se han derramado por toda la geografía española para reivindicar sus derechos.


Y para terminar con este cumpleaños sui generis, he decidido editar esta entrada con una de las fotos que he sacado esta misma tarde: un abuelo revolucionario nos instaba a los más jóvenes a que siguiéramos luchando por los derechos de los más débiles, a que continuáramos con esta revolución social, pacífica y justa, para que los esfuerzos que gente como él había realizado con la intención de dejar un mundo mejor no se quedaran en agua de borrajas.



lunes, 13 de junio de 2011

El chiringuito



Tenía unos dos años, según me ha contado, cuando me perdí en la playa. Íbamos varias familias y como mi padre no podía conducir por sus problemas de visión, siempre nos repartíamos en los coches de los demás. Mi, paradójicamente, sobreprotectora madre me vistió y me metió en uno de los vehículos, pero parece ser que, mientras ella se iba al suyo, yo me bajé por la otra puerta para seguir cogiendo piedrecitas en la arena. No se dieron cuenta de que no estaba hasta que llegaron a Barcelona y fueron a buscarme para bañarme. Nadie reparó en que faltaba la niña más pequeña porque éramos tantos en casa de mis padres, centro de reunión familiar durante años, que todos pensaban que estaba con otro. Sin embargo, yo estaba sola, con mi gorrito y conjunto playeros, paseando por la playa hasta que parece ser que decidí descansar en un chiringuito. El propietario me entretuvo y protegió hasta que al cabo de unas horas mi padre y mis tíos aparecieron y me devolvieron al seno familiar en medio de oraciones y tilas que intentaban calmar los llantos de una madre destrozada. Me cuentan que yo no estaba asustada, como si no fuera consciente de la gravedad de lo sucedido, y tal vez sea cierto porque nunca he recordado semejante situación. No obstante, y como dicen los psicólogos, si las experiencias infantiles son tan importantes para el desarrollo de la persona, es fácil entender que siempre me hayan encantado los chiringuitos y que, más a menudo de lo que hubiera deseado, me sienta perdida y sola en busca de, todavía, no sé qué cosa.

domingo, 29 de mayo de 2011

INDIGNADA




Me ha costado mucho elegir una imagen entre todas las que el movimiento 15-M ha generado. He decidido descartar las más impactantes debido a la violencia que desprenden, porque esta iniciativa siempre ha querido ser pacífica a pesar del interés de ciertos poderosos en banalizar y desacreditar a estos INDIGNADOS.



La fotografía elegida ha sido la de una de tantas asambleas que se celebran a diario en esta plaza tomada por personas anónimas que han desplazado a las palomas como símbolo de una paz activa, buena gente que no quieren ser tratados como borregos conducidos al matadero después de haber sido esquilados y desnudados de su lana.




Ha llegado la hora. Los jóvenes hablan, y los mayores. Se escuchan unos a otros sabiendo que están unidos por las ganas y la necesidad de detener esa nube negra que se está instalando sobre las cabezas de millones de personas que, sin comerlo ni beberlo, se empapan con la lluvia de la sinrazón y, para mayor inri, no tienen ni para comprarse un paraguas.

martes, 17 de mayo de 2011

Las pinzas voladoras



Mientras el mundo zozobra entre terremotos, crisis, levantamientos contra la tiranía, manifestaciones de indignación (¡ya era hora!) y otros asuntos realmente importantes y trascendentes, una mujer hace la compra y entra en una droguería-perfumería. Esperando su turno para ser atendida, se fija en unas pinzas para el cabello y coge una para examinarla más a fondo. Es demasiado pequeña y opta por devolverla al cartón de donde la ha sacado. Pero no puede abrirla; presiona y presiona, asombrada de que un diminuto artilugio sea tan resistente; lo vuelve a intentar con más fuerza y, de repente, sale disparada cual proyectil asesino pasando entre la dependienta y una clienta dándoles un buen susto y provocando las consiguientes carcajadas de los circunstantes que, por unos instantes, olvidaron sus problemas para llegar a fin de mes, el temor hacia un futuro incierto, sus propias angustias existenciales y hasta el dolor de juanetes. Es el poder de la risa, que despeja nubes de tormenta.

domingo, 17 de abril de 2011

¡Cerremos las tijeras!


He crecido en el seno de una familia propensa a creer en supersticiones varias y eso no es fácil de superar, por muy racional que uno sea, y aunque me gusten los gatos negros y el amarillo.


Una vez rocié de sal a un cliente de un restaurante porque se me había derramado el salero y quería neutralizar la mala suerte con tres lanzamientos de la susodicha por encima del hombro izquierdo(¿?), porque, eso sí, de la misma forma irracional en que nacen estas supercherías también se desarrollan conjuros para salvarse de estas mundanas maldiciones.


Pero hoy no pretendo escribir sobre estos asuntos del acerbo popular. Mientras leía el reivindicativo blog de mi amigo Xesco, el, por otra parte, responsable de que yo pueda asomarme a esta ventana, he pensado que el tijeretazo al que se nos pretende someter a los ciudadanos de a pie es, sin duda, una verdadera maldición que la mala gestión de los poderosos "mercados" ha derramado sobre nuestras pobres cabezas. Y esto va más allá de los recortes en sanidad de una comunidad autónoma, estas tijeras están cortando el sueño de tantas personas que en el presente y en épocas pasadas lucharon por los derechos básicos de los seres humanos en nuestro país y en el mundo.


Unas tijeras abiertas dan "mal fario" y para huir de él deben cerrarse, y no es que quiera basarme en una superstición para incitar a la lucha por los derechos universales, sin embargo, estaría bien que entre todos buscáramos la manera de mantenerlas cerradas. Si hay que cortar algo que sean las codiciosas alas de los que han querido volar más alto que el resto de los mortales y, como Ícaro, cayeron al mar por su desmesurada avaricia y porque la cera que unía sus plumas se derritió con el calor del sol de la justicia.


¡No dejemos que sigan planeando con la falsedad mientras nosotros sufrimos las consecuencias!

domingo, 3 de abril de 2011

La bella dama



Al salir del metro me he dado cuenta de que los árboles del parque ya verdean, e incluso algunos se ríen del invierno con unas flores lilas que alegran mi regreso a casa. Y es que ya se va el frío y apetece pasear sin prisas aprovechando que los días son más largos y la temperatura permite olvidar los pesados abrigos. Así llega la primavera. A ella no le importa la crisis, ni el tsunami japonés, ni mucho menos las elecciones locales de mayo, la bella dama es ajena al dolor de los mortales o a la alegría que nos infunde.


A pesar de que llevo unos días de encierro por mis habituales achaques pulmonares, siempre he sonreído a la primavera; hace unas semanas ya me fijé en el primero de los árboles que se pintaba de verde y, enseguida, lo han imitado los demás, como si quisieran reflejar de forma literal la conocida expresión: " ponerse verde de envidia". Lo curioso es que el verde también es el color de la esperanza, dos sentimientos demasiado opuestos para llevar el mismo traje.


Como la envidia nunca me ha sentado bien, me quedo con la esperanza en esta nueva primavera que tal vez remedie un poco las tristezas de los corazones helados.

domingo, 6 de marzo de 2011

Hair




Me gustaría decir que aún creo, pero no es cierto. Y, sin embargo, es maravilloso regresar a lo elemental, a lo más sencillo, a la esencia de las cosas: la paz, el amor, la belleza, la libertad y todas esas pulsiones que enriquecen la vida del más ínfimo ser que puebla la inmensidad del Cosmos.



En los sesenta unos inspirados melenudos creyeron haber encontrado la piedra filosofal para conseguir que la felicidad poblara cada rincón del mundo, no obstante, y a pesar de sus buenas intenciones, esos "hippies" pagaron un alto precio con la pérdida de esa inocencia y las drogas, que fueron cómplices de sus verdugos.



Tal vez nos convendría a todos los escépticos dejarnos envolver de vez en cuando por el humo de una droga que se llama fe o esperanza en que los seres humanos se entiendan, se respeten y se amen.



Por lo menos, ayer por la tarde, bebí un cóctel de ilusión, de belleza y de buena música en un teatro de mi ciudad participando de esa fiesta de buen rollo que es "Hair":



¡Flower power!

domingo, 13 de febrero de 2011

¿ Y dónde está ahora papá Estado?


Sin temor a parecer que busco excusas baratas para defender mi indefendible vicio de fumar, me gustaría reclamar un poco más de sentido común -bien dicen que resulta ser el menos común de los sentidos- a la hora de juzgar los agentes que provocan enfermedades.

Supongo que existen ciertos intereses creados que obligan a los velan por nuestra salud, llamémoslos, actualmente, señores del ministerio de Sanidad, a obviar sustancias y conductas que cada día diezman a la población y que se consideran una especie de daños colaterales que conlleva el progreso.

Son tantos los venenos invisibles que invaden nuestra alimentación y el aire que respiramos que mejor no empezar a remover la mierda - con perdón- por si esa rueda implacable de la tecnología punta se detiene y los poderosos "mercados" se molestan.

Es fácil arremeter contra el tabaco porque se ve y se huele, y considero acertada la preocupación de las autoridades por combatirlo ( aunque a veces los fumadores educados nos sintamos cercanos a una especie de "apartheid"), sin embargo, lo que más me indigna es que los que quieren que seamos más sanos cierren los ojos y miren hacia otro lado cuando lo que toca es combatir humos mucho más dañinos. Tal vez la contaminación les impide, como a mí, ver a los verdaderos malos de la película y prefieren arremeter contra el secundario "malote"...

sábado, 22 de enero de 2011

El puente



Cada mañana, bien abrigada y medio dormida, cruzo el puente que me conduce al metro de Marina. Es la primera etapa que deberé superar para llegar a mi trabajo. No es un puente colgante, ni especialmente hermoso, pero, como todos los puentes, tiene como objetivo la unión de dos lugares que estarían condenados a no cruzar sus caminos.


El ser humano es el artífice de estas uniones de piedra, hormigón y hierros que esconden una metáfora bellísima que se podría usar como ejemplo para todas esas personas que pretenden separar. Aún recuerdo esa triste imagen de la guerra de los Balcanes: el puente de Mostar, en Dubrovnik, destruido por un bombardeo tras siglos uniendo gentes de toda clase y condición.

¿Por qué unos quieren unir y otros destruir esa unión? Y es que la condición humana es capaz de la más singular muestra de nobleza espiritual, y, por desgracia, también es la causante de las más execrables acciones que uno pueda imaginar.

Personalmente, me quedo con los puentes que conectan a personas, que fusionan ideas y que me facilitan el acceso a mi mundo.